La huella del terror

Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre,
porque para vos los tres seguimos en él,
si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta,
si la muerte me abrazara fuerte como recompensa por haber querido la libertad,
y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos,
llantos y consejos que no quise seguir,
quisiera decirte mamá que parte de lo que fui
lo vas a encontrar en mis compañeros.
La cita de control, la última, se la llevaron ellos,
los caídos, nuestros caídos,
mi control, nuestro control está en el cielo,
y nos está esperando.
Si la muerte me sorprende de esta forma tan amarga, pero honesta,
si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero,
dejaré el aliento el último aliento,
para decir te quiero.
Alejandro Almeida. Desaparecido.

Fotografías de Gustavo Germano; Proyecto: Ausencias Argentina (2006). https://www.gustavogermano.com/portfolio/ausencias-argentina-2006/

Cuando nos referimos a los 30.000, es esencial comprender que nos estamos centrando exclusivamente en los detenidos-desaparecidos. Sin embargo, el alcance de las víctimas del terrorismo de Estado durante el período comprendido entre 1976 y 1983 en nuestro país es considerablemente más amplio. Cada persona desaparecida tenía una familia, amigos, parejas, vecinos, compañeros de trabajo y estudio. Eran hijos, padres, nietos, sobrinos, abuelos, amigos, novios. La huella de dolor y terror dejada en quienes los rodeaban es indeleble. Durante esos años, se ejecutó un plan sistemático de apropiación de bebés, niñas y niños, separándolos de sus familias y otorgándoles una identidad falsa. Estos niños fueron secuestrados junto con sus padres o nacieron durante la detención ilegal de sus madres en centros clandestinos de detención. Hasta el momento, se han recuperado 137 nietos y nietas, pero más de 300 continúan desaparecidos, con identidades falsificadas. Hubo familias enteras que se vieron obligadas a exiliarse, comprendiendo que la única opción viable ante el peligro de perder sus vidas y su libertad era abandonar el país. El desarraigo se convirtió en una experiencia común, y cientos de niños tuvieron que crecer en una cultura ajena, alejados de sus familias. Muchos adultos vieron truncados sus proyectos de vida, sus familias quedaron fracturadas, y perdieron todo en su lucha por preservar sus vidas y las de sus seres queridos. Para muchos de ellos, el regreso nunca fue una posibilidad. Fueron 30.000, pero no sólo 30.000. Fueron muchísimos más, somos muchísimos más. Somos un país entero.